viernes, 23 de octubre de 2009

Definiendo conceptos (para no hacer el ridículo)

Desde hace un tiempo, he reparado en que no son pocas las veces que la crítica literaria confunde, como si fueran sinónimos, los conceptos de sátira y parodia. He notado la confusión en foros que van desde las opiniones personales en blogs hasta artículos periodísticos en prestigiosos suplementos culturales. Una explicación (o más precisamente, una justificación) sería que el sentido común y el uso coloquial han terminado por equipararlos, volviéndolos sinónimos y conceptos reversibles. Sin embargo, por economía del lenguaje, si dos palabras significaran exactamente lo mismo, no tendría ningún sentido conservar ambas, ¿no?

Ya en un post anterior anticipé que me referiría a la parodia. Vamos por partes entonces. A la confusión entre sátira y parodia, también habría que agregar la ligereza con que se emplea el concepto de ironía. Los tres, ironía, sátira y parodia, se suelen utilizar principalmente para señalar una característica, generalmente burlesca, de un objeto. Así, cuando algo parece gracioso, se le suele tildar de “irónico”; cuando se imita grotescamente algo o a alguien con fines de burla, se dice que ha sido una “parodia”; y cuando uno se burla con elegancia o estilo, entonces se dice que la “sátira” ha sido un éxito. Nada más alejado de la realidad. Veamos.

De un modo bastante general, la ironía consiste en afirmar expresamente lo contrario de lo que se piensa o, dicho de otro modo, dar a entender lo contrario de lo que se dice; de este modo, hacemos pasar por verdadero un enunciado que es evidentemente falso. Además, para que funcione la ironía es necesaria la complicidad entre el emisor y el receptor del mensaje, quien debe ser capaz de ser decodificarlo. Debido a esta duplicidad de sentidos, es posible decir que la ironía funciona en dos planos: uno visible (el literal) y otro “soterrado” (el connotativo); el primero es el sentido textual del enunciado en tanto que el segundo, lo que queremos dar a entender.

Entonces, en la ironía, al decir una cosa opuesta a lo que se piensa, se genera un desplazamiento del sentido y una fractura en la lógica del discurso, desde lo literal a lo connotativo: la ironía interviene súbitamente; emerge y rompe la secuencia lógica, marcada por el plano literal del enunciado, que se ha ido construyendo a lo largo de un (con)texto. Y allí radica precisamente su efecto y contundencia: al hacer pasar por verdadero algo que no lo es, permite subvertir una valoración que previa y tácitamente se le ha endosado a un “objeto”. Si toda comunicación implica la aceptación tácita de ciertos códigos implícitos entre emisor y receptor, pues entre esos códigos se encuentran también las valoraciones, juicios y prejuicios culturales compartidos. La ironía puede ser corrosiva y subversiva gracias precisamente a su “factor sorpresa”: emerge en el discurso para poner en entredicho el sentido y desplazarlo de un “centro” que creemos que le corresponde por naturaleza. De este modo, logramos revelar el carácter contingente de su valoración y nos abre la posibilidad de invertirlo.

Es, pues, un mecanismo que opera con distancia crítica siempre en el plano del discurso; es decir, un enunciado no es irónico per se: debe inscribirse siempre en un contexto comunicativo donde se haga dialogar y poner en entredicho la valoración a dicho “objeto” referido por la ironía.

De otro lado, la sátira y la parodia, aunque parecen coincidir en sus formas discursivas, han sido usualmente confundidas en su finalidad: subvertir el valor legitimado por un sector dominante de una cultura que impone su estética y su ideología. Visto así, ambas parecerían siempre reacciones contra lo hegemónico. Sin embargo, Linda Hutcheon (2000), plantea una definición que resalta sus semejanzas y evidencia sus diferencias.

La semejanza podría definirse en dos planos: el de la función y el de la representación. En cuanto a su función, la semejanza radica en que tanto la sátira como la parodia toman distancia crítica hacia el objeto representado y, por tanto, implican juicios de valor. De allí la histórica confusión de ambas o, más precisamente, la identificación de una con otra. Apunta Hutcheon que, tradicionalmente, la función de la parodia fue ser maliciosa y un denigrante vehículo para ejercer la sátira (ojo: una funcionaba como herramienta de la otra). Sin embargo, desde el siglo XIX, se pueden rastrear otras funciones alejadas de la ridiculización que desafían y ponen en cuestión dicha definición (2000: 11). De otro lado, en cuanto a su representación, ambas emplean la repetición de las formas de los objetos en otro (con)texto discursivo. Es decir, comparten la imitación formal y la alusión de un objeto en una nueva representación discursiva: copian o imitan la forma de un “texto” (entre comillas, puesto que no necesariamente se encuentra en el plano de la escrituralidad) y la reinsertan en otro (con)texto.

Por otro lado, ahí donde surge la semejanza, brota a su vez la diferencia. ¿Qué hace entonces que la sátira y la parodia no sean lo mismo? Para Hutcheon, por un lado, la sátira desnuda los excesos, vicios y taras del objeto aludido mediante la risa ridiculizante y la burla. Mediante la imitación formal, se exageran aquellos rasgos y se les evidencia públicamente (una caricaturización grotesca). En cambio, la parodia posee un grado de sofisticación mayor al ser una síntesis bitextual, pues su sentido necesariamente opera en dos planos: uno superficial, que es el de la imitación formal (la referencia directa al objeto aludido), y uno profundo, que implica una recontextualización de dicha forma aludida (y su background de sentido) en un nuevo orden. De allí que la ironía y la parodia sean más afines entre sí que la parodia y la sátira. Y es en este juego en el que se desarrolla la diferencia de su finalidad (que Hutcheon denomina ethos por no encontrar una palabra más adecuada, pero cuidando evitar que sea identificada con el sentido aristotélico). Para el caso de la sátira, al adoptar ésta un lugar de enunciación distante para ejercer una declaración negativa de dicho objeto y poner en ridículo sus vicios y excesos, busca una “mejora” en un plano social y moral. Es decir, los alcances de la sátira pretenden ser colectivos, su crítica, mediante la ridiculización, busca denunciar sus excesos y trascender lo individual para corregirlos. Por su parte, la parodia es una forma de imitación caracterizada por una inversión irónica que no siempre ocurrirá a expensas del texto parodiado, es decir, será una repetición formal pero con distancia crítica, marcada más por la diferencia que con la similitud al objeto, pero sin ninguna pretensión moral. Su crítica no pretenderá dirigir el objeto hacia la corrección y la mesura. No necesita estar presente la burla o ridiculización para ser denominado parodia. Mediante el acto irónico, se superponen ambos planos de representación arriba mencionados y se genera un nuevo sentido.

Fredric Jameson (1999) hace una distinción similar entre la parodia y el pastiche. Para él, ambos implican la imitación o el remedo de otros estilos destacando sus manierismos, pero la parodia se aprovecha del carácter de estos estilos y se apodera de sus idiosincracias y excentricidades para producir una burla del original, mientras que el pastiche es “una parodia vacía, una parodia que ha perdido su sentido del humor” (20); es decir, pura imitación estilística. Sin embargo, Hutcheon rebate este concepto siguiendo las ideas del Genette de Palimpsestos, pues sostiene que la parodia, burlesca o no (y ya hemos visto que la parodia no tiene por qué serlo) dialoga con los textos a los cuales parodia y produce una transformación de su sentido, en tanto que el pastiche es solamente imitativo (Hutcheon 2000: 38).

De allí que Hutcheon, sin afirmarlo enfáticamente, está de acuerdo con los postulados de los formalistas rusos sobre el rol de la parodia en la evolución de las normas literarias (idea que proviene de una larga tradición de la crítica literaria marxista): “La parodia ha sido vista como una sustitución dialéctica de los elementos formales cuyas funciones se han vuelto mecanizadas o automáticas. En este punto, los elementos son “refuncionalizados”, para usar su término. Una nueva forma se desarrolla a partir de una anterior sin llegar a destruirla, pues solo su función ha sido alterada. Por lo tanto, la parodia se convierte en un principio constructivo en la historia literaria” [la traducción es mía]. (2000: 35-36)


Obras citadas:
Hutcheon, Linda. Theory of Parody. Urbana: University of Illinois Press, 2000.
Jameson, Fredric. El giro cultural. Buenos Aires: Manantial, 1999.


[Actualización]

La definición de ironía que planteo en el post no es mía, sin duda. Es apenas una síntesis que, en buena cuenta, plantean otros teóricos, algunos de los cuales menciono a continuación:

Arduini, Stefano. Prolegómenos a una teoría general de las figuras. Murcia: Universidad de Murcia, 2000.
Booth, Wayne. Retórica de la ironía. Madrid: Taurus, 1986.
Lodge, David. Language of fiction: essays in criticism and verbal analysis of English novel. London: Routledge & Kegan Paul, 1966
Zavala, Lauro. Humor, ironía y lectura. Las fronteras de la escritura literaria. México: UAM Xochimilco, 1993.



Imagen (hacer clic para agrandar): Portada del disco Abbey Road de los Beatles y una conocida viñeta de los Simpsons. ¿Acaso alguien podría decir que la imagen de los Simpsons se está "burlando" de la famosa portada del disco de los Beatles? Es simplemente una parodia: mediante la imitación formal de un objeto se logra una recontextualización discursiva y un nuevo sentido, enriqueciendo tanto a la imitación como al imitado.


Publicado por Ricardo Mendoza Canales en 5:02 PM |
Etiquetas: ironía, parodia, sátira

3 comentarios:
Estimado Ricardo,
Me parece interesante la forma en que trata de definir los conceptos de ironía, parodia, sátira, y, por qué no, pero más entrelíneas, burla. Sin embargo, y solo con el afán de aportar, también me parece un tanto descuidado de su parte basarse en un autor (autora en este caso), teniendo una larga tradición teórica y retórica que discutir en esos conceptos.
Le recomendaría revisar, para mejorar su aporte, el concepto de "ironía estable", cosa que me parece pasa por alto, y el concepto de grotesco, que utiliza usted sin mayor contemplación (me parece vital a la hora de elaborar un texto con referencias a la parodia, a la sátira y a la burla). Para el primer concepto mencionado le recomendaría repasar, porque me imagino lo conoce, el libro de Wayne Booth; para el caso de lo grotesco, le Recomendaría un texto de David Roas inédito que poseo y le puedo enviar, una excelente revisión histórica y gran tratamiento del grotesco.
No haré más comentarios respecto de la retórica, considerando que si el libro de Linda Hutcheon es como usted lo describe (diría reseña, pero es demasiado breve para eso), le hace falta una revisión histórica-estética-retórica más acusiosa, sobre todo en el aspecto plástico.
Por otro lado, la respuesta al final de su primer parrafo es sí. Caballero, una persona como usted no puede dejar de lado años de estudio en semántica pragmática, y me imagino que tiene los suficientes conocimientos de filosofía del lenguaje e historia de la lengua, como para darse cuenta de que la lengua no es estable ni lógica ni económica y que solo funciona en la comunicación, es decir, si dos términos tienen el mismo significado y una comunidad hablante los usa por igual, así será y ya, si se decide por uno, por el otro, por ninguno o por los dos, da igual, quien decide eso no es un particular.
En tercer lugar, y por último, para no aburrir (aunque ya lo hice), el sentido común es eso: sentido común a todos, por lo que no puede pedir a todos que conozcan de retórica (nadie le pide a usted que use los términos precisos para diferenciar si se está pesando o se está masando cuando sube a una báscula). En el único lugar donde se puede exigir eso, es en donde se utilicen los términos técnicos y donde se produzca una abierta y clara confusión (interesante juego de palabras, ¿no le parece?). Por lo demás, entre mierda y caca no me parece que haya mayor diferencia al decir pisé mierda o pisé caca... mmmm quizás depende del país donde estemos... y de lo que pisemos. jejeje

Daniel Fernández García dijo...

30/09/2008 10:09:00 AM

A ver, Daniel. Vamos por partes.

En primer lugar, parece que no te has dado cuenta de que esto es un blog y no una revista académica, Daniel. Algo de una importancia nimia a la hora de juzgar no solo el contenido, sino también la mayor o menor profusión de las citas textuales, notas al pie, bibliografía y referencias, que seguramente adoras con fruición. Si hubiera querido escribir un artículo académico, lo habría hecho. Pero no lo es pues. Te faltó un poco de sutileza para apreciar este casi insignificante detalle.

En segundo lugar, me criticas como un “descuido” de mi parte basarme en un solo autor para definir estos conceptos. Lo dicho: el post es eso: un post en un blog. No es un artículo, no es una reseña, no es un ensayo. Si menciono a Hutcheon y expongo el meollo de su definición es sencillamente porque me parece la más válida y aplicable a más tipos de textos (no solo escritos) en la actualidad; lo cual, desde luego, puede ser discutible. Pero si quieres probar la validez de sus conceptos, y si exiges para ello una larga (y “acusiosa” y no acuciosa) exposición histórica-estética-retórica que los demuestre, pues anda consúltaselo a Hutcheon, quien finalmente es la teórica que los definió. Tu reclamo es tan válido como el de alguien que abre el diario y exige que las noticias le hagan también una larga exposición histórica sobre los que hechos que describen. El porqué no lo encuentras en un periódico, lo encuentras en un libro de Historia. Pues aquí lo mismo.

Por otro lado, no veo cómo tu gran sugerencia sobre el concepto de “ironía estable” de Wayne Booth viene a aportar algo más al post, pues más parece un fueguito artificial para distraer a la afición (un concepto descontextualizado, descolgado de toda definición, que citas pero tampoco explicas ni del que mencionas cuál es su utilidad para la discusión). Mi “definición” de ironía (va entre comillas por la sencilla razón de que no pretende ser una definición), es apenas un sintético compendio del concepto más o menos aceptado por la comunidad científica y la teoría en general (la cual, dicho sea de paso, no se reduce a Booth, como pareces creer). No busca ser nueva, ni pretende ser original. No menciono una referencia porque no es extraída de un solo autor. En todo caso, he agregado al final del post una addenda en la que menciono de qué autores he extraído la definición. ¿Cuál es la definición más o menos aceptada? Pues esa: la yuxtaposición de sentidos, uno literal y otro connotado. Que la ironía puede tener más o menos variantes. Desde luego. Pero eso no era el motivo del post pues. Si no has notado eso es que no has leído bien y te estás peleando con un fantasma.

En cuarto punto: lee mi post con más atención y verás que no pretendo ni definir la burla, ni extenderme sobre lo grotesco. Y me he reído mucho con eso de recomendar textos inéditos que nadie más posee excepto tú. Una buena muestra de tu humor involuntario.

De otro lado, veo que lo que era una simple pregunta retórica te lo terminaste tomando a la personal. Y nuevamente tu tonito moralistón termina siendo traicionado por tu humor involuntario: hablas con una autoridad sobre filosofía e historia del lenguaje que haría sonrojar al propio Davidson, e incluyes una perorata sobre la logicidad, economicidad y estabilidad de la lengua para concluir atribuyendo el significado, con la ingenuidad de un estudiante de pregrado, al “uso”. Vamos, sé que puedes elaborar una idea más compleja. Te recomiendo revisar tus manuales de semántica cognitiva.

Finalmente, con relación a lo del sentido común… eso es caer en un populismo relativista pues. Un sentido común es una creencia extendida, pero no por ser aceptada por la mayoría tiene que ser válida. Si lees con atención (lo cual que hasta el momento no pareces haber hecho), lo que cuestiono es el uso peligrosamente flexible de ciertos conceptos en manos de quienes deben ser especialistas en el campo literario o de la crítica en general, no por el hablante común.

Ricardo Mendoza Canales dijo...

30/09/2008 03:26:00 PM

Señor Fernández García, si usted dice que no puede pedirnos a todos que conozcamos de retórica, ¿para qué le dice tantas cosas al autor sobre los conceptos y encima le recomienda textos? Nos complica más con sus comentarios. Yo entendí la diferencia de sátira, parodia e ironía con sólo leer el blog, pero ahora usted nos malogra todos los esquemas. Se cree sabeloto. Es un naco de las letras.

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